lunes, 3 de septiembre de 2012

Navas12: Un pequeño testimonio de nuestro campamento


Quizá sea sorprendente el hecho de que me sorprenda, pero me sorprende. Me sorprende que más de dos decenas de jóvenes y casi una de adultos, que se empapan a diario de un mundo que vende incoherencia y desánimo con una facilidad asombrosa, aparquen la comodidad de sus primeros días de descanso de un verano que han esperado con ganas madrugón tras madrugón. 

No puedo evitarlo, me sorprende y me hace sonreír. Dios me demuestra en ellos que el mundo no es como nos lo venden y que la riqueza y valentía de estos jóvenes y estos adultos (jóvenes de espíritu) no se ha agotado, ni su capacidad de darse a los demás, unas veces con más empeño que otras, pero darse al fin y al cabo, con un amor infinito y correspondido: correspondido por 85 pares de ojos bien abiertos, al principio algo desafiantes e incrédulos, al final visiblemente alegres y enamorados; enamorados de un Amor que existe realmente, aunque muchas veces no lo encuentren o no lo reconozcan a su alrededor. 

Es maravilloso como el agua y la pintura hacen que los mayores vuelvan a ser niños y los más pequeños magnifiquen su infancia. Correspondido, también, por la fuente de Amor verdadero, que transforma el cansancio en humildad y el miedo en esperanza; una esperanza que convive con adultos, jóvenes y niños durante 12 días y se extrapola a un pueblo entero que se une a nosotros en la incertidumbre, pero también en la confianza de saber que son nuestros instrumentos, pero que tenemos al mejor director de orquesta y que la melodía, no preguntéis cómo, siempre suena bien. 
 
¡Y vaya melodía la de nuestro campamento! Qué combinación de nervios, miedos, traspiés, prisas, risas, sonrisas... Qué extraordinaria vida de 12 días llena de pequeños milagros aptos incluso para los más incrédulos, que terminan por ver algo grande detrás de un duro camino acompañado de granizo, algo mejor que una larga espera en una estación de tren y algo sabroso escondido en un día de arroz y jamón york. A algunos puede sonarles a chino, a otros a magia, pero qué equivocados, aquí lo único que suena es un silbato, el balido de una cabra prisionera y una guitarra, siempre una guitarra, marcando el ritmo de nuestra melodía. 
 
¡Y qué melodía! ¡Y qué orquesta! Y qué sencilla forma complicada de amar y ser amado en 12 días de descanso agotador que habla mejor que cualquier titular de la esencia de este mundo nuestro repleto de pequeños milagros. 
 
Paula Gutierrez

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