Quizá
sea sorprendente el hecho de que me sorprenda, pero me sorprende. Me
sorprende que más de dos decenas de jóvenes y casi una de adultos,
que se empapan a diario de un mundo que vende incoherencia y desánimo
con una facilidad asombrosa, aparquen la comodidad de sus primeros
días de descanso de un verano que han esperado con ganas madrugón
tras madrugón.
No puedo evitarlo, me sorprende y me hace sonreír.
Dios me demuestra en ellos que el mundo no es como nos lo venden y
que la riqueza y valentía de estos jóvenes y estos adultos (jóvenes
de espíritu) no se ha agotado, ni su capacidad de darse a los demás,
unas veces con más empeño que otras, pero darse al fin y al cabo,
con un amor infinito y correspondido: correspondido por 85 pares de
ojos bien abiertos, al principio algo desafiantes e incrédulos, al
final visiblemente alegres y enamorados; enamorados de un Amor que
existe realmente, aunque muchas veces no lo encuentren o no lo
reconozcan a su alrededor.
Es maravilloso como el agua y la pintura
hacen que los mayores vuelvan a ser niños y los más pequeños
magnifiquen su infancia. Correspondido, también, por la fuente de
Amor verdadero, que transforma el cansancio en humildad y el miedo en
esperanza; una esperanza que convive con adultos, jóvenes y niños
durante 12 días y se extrapola a un pueblo entero que se une a
nosotros en la incertidumbre, pero también en la confianza de saber
que son nuestros instrumentos, pero que tenemos al mejor director de
orquesta y que la melodía, no preguntéis cómo, siempre suena bien.
¡Y vaya melodía la de nuestro campamento! Qué combinación de
nervios, miedos, traspiés, prisas, risas, sonrisas... Qué
extraordinaria vida de 12 días llena de pequeños milagros aptos
incluso para los más incrédulos, que terminan por ver algo grande
detrás de un duro camino acompañado de granizo, algo mejor que una
larga espera en una estación de tren y algo sabroso escondido en un
día de arroz y jamón york. A algunos puede sonarles a chino, a
otros a magia, pero qué equivocados, aquí lo único que suena es un
silbato, el balido de una cabra prisionera y una guitarra, siempre
una guitarra, marcando el ritmo de nuestra melodía.
¡Y qué
melodía! ¡Y qué orquesta! Y qué sencilla forma complicada de amar
y ser amado en 12 días de descanso agotador que habla mejor que
cualquier titular de la esencia de este mundo nuestro repleto de
pequeños milagros.
Paula Gutierrez
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