miércoles, 19 de septiembre de 2012

De Valdemoro a Chile... El testimonio de nuestra misionera

Treinta días de vacaciones estivales, una maleta que no sobrepase los 23 kilos, ropa polar, 12.000 kilómetros por delante de incertidumbre, rumbo hacia un lugar del que nunca has oído hablar, Villarrica (Chile),tierra de volcanes donde el sol no se deja ver mucho y la lluvia es el pan de cada día…cambiar toda esta retahíla por el Mediterráneo , las terracitas de verano, el sol, la playa y la montaña, las fiestas de tu pueblo o simplemente el sofá de tu casa, parece una aventura de chiflados…

En cierto modo puede parecerlo, pero cuando está de por medio una experiencia misionera en un país y en una diócesis diferente la cosa cambia. La hazaña tiene resultados insospechados; uno regresa diferente, como con el alma más grande los ojos de la fe más confiados y un amor a la Iglesia acrecentado. A veces al regresar hay frutos que no ves ni que verás pero queda la paz enorme de saber que has cultivado un poquito, que has dado un paso más para que el sueño de Dios se pueda realizar, y es que Él quiere que todos los hombres se salven y conozcan la Verdad.

Con este fin y con este mensaje, enviados por nuestro obispo hemos partido diez jóvenes desde la diócesis de Getafe (María Ribero, María Jaraíz, Cristina Zaera, Noelia Flores, Patricia Romero, Álvaro Burgaz, Eduardo Armada, Francisco Javier Mena, Jorge Cerrato y Enrique Gutiérrez) con destino Villarrica (Chile), una ciudad donde la Iglesia nos ha abierto los brazos de una forma tremendamente cálida a pesar de las bajas temperaturas del invierno.

Sin necesidad de heroicidades o extravagancias, nuestra actividad diaria consistía en hablar intensamente de Dios a todos allí donde nos han encomendado: colegios y grupos de pastoral de jóvenes , residencias, hospitales, la cárcel donde hemos tenido encuentros con presos, el Hogar de Cristo como casa de acogida, comunidades rurales donde sólo llega el sacerdote una vez al mes y sobretodo nuestra gran encomienda desde la parroquia San Alberto Hurtado, la Segunda Faja, el poblado de Los Volcanes ,donde hemos visitado las casas, y organizado juegos, catequesis con niños y un rosario por las calles.

Cada día ha sido un llamar a las puertas y vértelas cara a cara con Cristo pidiéndote de beber en gente con muchas necesidades espirituales y hambre de Dios, ir a visitarle en la cárcel viéndole en los presos es una radical lección de misericordia, ver cómo se sonríe en una residencia o postrado en una cama de hospital. En este viaje como misionera puedo decir que me ha desbordado el deseo de Dios y el amor entrañable que nos guarda, he podido comprobar como dice el Padre Alberto Hurtado que cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es Él.

Un mes de misión está muy bien y añadido al factor viaje a los confines de la Tierra suena estupendo. La suerte es que como todo esto es posible gracias al Espíritu Santo que nos ha ungido a proclamar la buena nueva y no se borra, seguimos al igual que todo bautizado de misión aquí en nuestro día a día, eso sí, con una experiencia que nos ha hecho crecer tanto como el volcán de Villarrica y agradecidos enormemente a Dios que ha hecho todo esto posible.


 Patricia Romero

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