Treinta días
de vacaciones estivales, una maleta que no sobrepase los 23 kilos,
ropa polar, 12.000 kilómetros por delante de incertidumbre, rumbo
hacia un lugar del que nunca has oído hablar, Villarrica
(Chile),tierra de volcanes donde el sol no se deja ver mucho y la
lluvia es el pan de cada día…cambiar toda esta retahíla por el
Mediterráneo , las terracitas de verano, el sol, la playa y la
montaña, las fiestas de tu pueblo o simplemente el sofá de tu casa,
parece una aventura de chiflados…
En cierto
modo puede parecerlo, pero cuando está de por medio una experiencia
misionera en un país y en una diócesis diferente la cosa cambia. La
hazaña tiene resultados insospechados; uno regresa diferente, como
con el alma más grande los ojos de la fe más confiados y un amor a
la Iglesia acrecentado. A veces al regresar hay frutos que no ves ni
que verás pero queda la paz enorme de saber que has cultivado un
poquito, que has dado un paso más para que el sueño de Dios se
pueda realizar, y es que Él quiere que todos los hombres se salven y
conozcan la Verdad.
Con este fin
y con este mensaje, enviados por nuestro obispo hemos partido diez
jóvenes desde la diócesis de Getafe (María Ribero, María Jaraíz,
Cristina Zaera, Noelia Flores, Patricia Romero, Álvaro Burgaz,
Eduardo Armada, Francisco Javier Mena, Jorge Cerrato y Enrique
Gutiérrez) con destino Villarrica (Chile), una ciudad donde la
Iglesia nos ha abierto los brazos de una forma tremendamente cálida
a pesar de las bajas temperaturas del invierno.
Sin
necesidad de heroicidades o extravagancias, nuestra actividad diaria
consistía en hablar intensamente de Dios a todos allí donde nos han
encomendado: colegios y grupos de pastoral de jóvenes ,
residencias, hospitales, la cárcel donde hemos tenido encuentros con
presos, el Hogar de Cristo como casa de acogida, comunidades rurales
donde sólo llega el sacerdote una vez al mes y sobretodo nuestra
gran encomienda desde la parroquia San Alberto Hurtado, la Segunda
Faja, el poblado de Los Volcanes ,donde hemos visitado las casas, y
organizado juegos, catequesis con niños y un rosario por las calles.
Cada día ha
sido un llamar a las puertas y vértelas cara a cara con Cristo
pidiéndote de beber en gente con muchas necesidades espirituales y
hambre de Dios, ir a visitarle en la cárcel viéndole en los presos
es una radical lección de misericordia, ver cómo se sonríe en una
residencia o postrado en una cama de hospital. En este viaje como
misionera puedo decir que me ha desbordado el deseo de Dios y el amor
entrañable que nos guarda, he podido comprobar como dice el Padre
Alberto Hurtado que cuando Dios ha sido hallado, el espíritu
comprende que lo único grande que existe es Él.
Un mes de
misión está muy bien y añadido al factor viaje a los confines de
la Tierra suena estupendo. La suerte es que como todo esto es posible
gracias al Espíritu Santo que nos ha ungido a proclamar la buena
nueva y no se borra, seguimos al igual que todo bautizado de misión
aquí en nuestro día a día, eso sí, con una experiencia que nos ha
hecho crecer tanto como el volcán de Villarrica y agradecidos
enormemente a Dios que ha hecho todo esto posible.
Patricia Romero
No hay comentarios:
Publicar un comentario