Yo sabía desde el principio que el Señor me preparaba un don para este viaje, un don que me ayudaría a salir a flote después de pasar el último año a duras penas, con poca vida interior, poco amor y, sobre todo, poca fe. Sin embargo, lo que no esperaba era acabar considerando esta peregrinación como un antes y un después en todos los sentidos de mi vida.
El primer día, Patxi nos dio una catequesis sobre los frutos de la peregrinación y, usando como ejemplo una cosechadora que nos llega pieza por pieza, nos dijo que así llegarían todas las gracias que Dios nos iría dando durante el viaje, poco a poco, casi sin darnos cuenta, con sencillez. El don que Dios me concedió a mí fue el hallar la capacidad de confiar en Él sin reservas, y llegó justo de esa manera.
Al ser una persona muy perfeccionista y muy cuadriculada, siempre me ha dado miedo confiar en otras personas; sin embargo, llegué hasta tal punto que tampoco me fiaba de Dios. Para mí resultaba muy arriesgado dejar en sus manos, unas manos que no me daban ninguna garantía, ya que su Voluntad podía diferir de la mía, algo tan preciado como mi vida entera. Cualquiera habría podido darse cuenta de que eso era una absoluta tontería pues, ¿quién mejor para guiar mi vida que Aquél que me ama más que yo misma, que quiere siempre lo mejor para mí? ¿Quién mejor que Dios para acompañarme durante todo el camino? Podría decirse que casi había dejado de creer.
Él, la verdad, podría haberme dejado en ese estado, podría haber preferido que la vida me enseñase a golpes que no soy capaz de controlar todos los aspectos de mi vida, como yo pretendía. Pero, en vez de eso, decidió decirme al oído no sólo que existía, sino que podía confiar en Él. Las primeras piezas de la cosechadora, llegaron casi sin darme cuenta, en forma de momentos perfectos que llegaban sin avisar, casi por casualidad. Podía ser cualquier cosa, desde un simple Rosario a un día magnífico en la playa. Me daba cuenta de que, si me dejaba llevar, si lo único que hacía era confiar en Él, la recompensa eran situaciones que, a ojos de los demás, eran simples y sencillas, pero a la vez perfectas precisamente por eso.
Fue el cuarto día, cuando nos encontramos con los peregrinos que iban a Covadonga viviendo de la Providencia, cuando me di cuenta de lo que Dios estaba haciendo conmigo. El verles a ellos con tanta fe, rebosando de experiencias que me repetían una y otra vez que Dios les cuidaba, me confirmó que en el Señor se puede confiar, que quiere que confiemos en Él. Desde ese día, dejé de preocuparme, me dediqué simplemente a vivir de la mejor manera posible cada momento que Dios me enviaba. Y así, casi sin quererlo, fui recibiendo las últimas piezas de mi cosechadora, acostándome cada día con la convicción de que más no podía hacer Dios por mí, una convicción que era derrumbada al día siguiente por otro momento inesperado que volvía a decirme que Él me quería.
Aunque esto fue pasando a lo largo de toda la peregrinación, fue en Lourdes cuando el Señor se mostró de manera extraordinaria. No sólo consolidó ese don para el que me había estado preparando durante los siete días anteriores, sino que además me dio el mayor regalo que podría haberme hecho: me dio, literalmente, a su Madre, en quien yo poco había pensado a lo largo de mi vida, por eclipsarla tanto la posición de Dios. Yo opinaba que, teniendo a Jesús, poco necesitaba a la Virgen, de manera que nunca había sentido gran devoción por ella. Sin embargo, en un momento de oración en la iglesia de Lourdes, sin previo aviso, Ella apareció a mi lado. Empecé a sentirla por primera vez, a verla como a una Madre en la que siempre podré confiar, por muy mal que vayan las cosas. Desde ese momento, la he mirado con otros ojos, porque por fin entiendo lo que Ella significa, y sé que siempre va a estar allí para mí.
Siento como si Dios se hubiera saltado todas las reglas, para darme la solución del juego que es la vida. Me ha dicho que Él existe, que nunca me va a fallar, ha hecho trampa para que cuando juegue de verdad, nada me asuste, pues ya sé a dónde va a parar todo esto. Ya sé el truco, y aunque también sé que no siempre saldrá todo bien, que voy a tener problemas y malos momentos, tengo clarísimo que todo eso son distracciones de la verdadera meta, que es Dios. Ahora sólo falta compartir esto con todos aquellos que no le conocen, con todos aquellos que juegan sin saber a dónde van, que van dando tumbos en la oscuridad, porque yo no me merezco que me haya pasado esto, y la única manera de pagarle a Dios al menos una parte de todo lo que ha hecho por mí es llevándome al Cielo a cuantas personas ponga Él en mi camino, porque, como dice el Evangelio, “no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”.
Por último, me gustaría dar las gracias a todas las personas que me han acompañado en este viaje, porque la mayoría de las veces que sentía a Dios era a través de ellos. Me ha ayudado muchísimo saber que hay jóvenes que no se avergüenzan de Dios; es más, que están orgullosos de tenerlo en sus vidas. Son esas personas las que hacen que la vida merezca la pena, las que siempre van a estar allí, las que te levantan cuando tú ya has perdido todo agarre. Yo necesitaba que me recordasen que existen jóvenes así, no sólo para seguir adelante, sino también para luchar por ser uno de ellos.
Rocío Lacasa Chamizo
El primer día, Patxi nos dio una catequesis sobre los frutos de la peregrinación y, usando como ejemplo una cosechadora que nos llega pieza por pieza, nos dijo que así llegarían todas las gracias que Dios nos iría dando durante el viaje, poco a poco, casi sin darnos cuenta, con sencillez. El don que Dios me concedió a mí fue el hallar la capacidad de confiar en Él sin reservas, y llegó justo de esa manera.
Al ser una persona muy perfeccionista y muy cuadriculada, siempre me ha dado miedo confiar en otras personas; sin embargo, llegué hasta tal punto que tampoco me fiaba de Dios. Para mí resultaba muy arriesgado dejar en sus manos, unas manos que no me daban ninguna garantía, ya que su Voluntad podía diferir de la mía, algo tan preciado como mi vida entera. Cualquiera habría podido darse cuenta de que eso era una absoluta tontería pues, ¿quién mejor para guiar mi vida que Aquél que me ama más que yo misma, que quiere siempre lo mejor para mí? ¿Quién mejor que Dios para acompañarme durante todo el camino? Podría decirse que casi había dejado de creer.
Él, la verdad, podría haberme dejado en ese estado, podría haber preferido que la vida me enseñase a golpes que no soy capaz de controlar todos los aspectos de mi vida, como yo pretendía. Pero, en vez de eso, decidió decirme al oído no sólo que existía, sino que podía confiar en Él. Las primeras piezas de la cosechadora, llegaron casi sin darme cuenta, en forma de momentos perfectos que llegaban sin avisar, casi por casualidad. Podía ser cualquier cosa, desde un simple Rosario a un día magnífico en la playa. Me daba cuenta de que, si me dejaba llevar, si lo único que hacía era confiar en Él, la recompensa eran situaciones que, a ojos de los demás, eran simples y sencillas, pero a la vez perfectas precisamente por eso.
Fue el cuarto día, cuando nos encontramos con los peregrinos que iban a Covadonga viviendo de la Providencia, cuando me di cuenta de lo que Dios estaba haciendo conmigo. El verles a ellos con tanta fe, rebosando de experiencias que me repetían una y otra vez que Dios les cuidaba, me confirmó que en el Señor se puede confiar, que quiere que confiemos en Él. Desde ese día, dejé de preocuparme, me dediqué simplemente a vivir de la mejor manera posible cada momento que Dios me enviaba. Y así, casi sin quererlo, fui recibiendo las últimas piezas de mi cosechadora, acostándome cada día con la convicción de que más no podía hacer Dios por mí, una convicción que era derrumbada al día siguiente por otro momento inesperado que volvía a decirme que Él me quería.
Aunque esto fue pasando a lo largo de toda la peregrinación, fue en Lourdes cuando el Señor se mostró de manera extraordinaria. No sólo consolidó ese don para el que me había estado preparando durante los siete días anteriores, sino que además me dio el mayor regalo que podría haberme hecho: me dio, literalmente, a su Madre, en quien yo poco había pensado a lo largo de mi vida, por eclipsarla tanto la posición de Dios. Yo opinaba que, teniendo a Jesús, poco necesitaba a la Virgen, de manera que nunca había sentido gran devoción por ella. Sin embargo, en un momento de oración en la iglesia de Lourdes, sin previo aviso, Ella apareció a mi lado. Empecé a sentirla por primera vez, a verla como a una Madre en la que siempre podré confiar, por muy mal que vayan las cosas. Desde ese momento, la he mirado con otros ojos, porque por fin entiendo lo que Ella significa, y sé que siempre va a estar allí para mí.
Siento como si Dios se hubiera saltado todas las reglas, para darme la solución del juego que es la vida. Me ha dicho que Él existe, que nunca me va a fallar, ha hecho trampa para que cuando juegue de verdad, nada me asuste, pues ya sé a dónde va a parar todo esto. Ya sé el truco, y aunque también sé que no siempre saldrá todo bien, que voy a tener problemas y malos momentos, tengo clarísimo que todo eso son distracciones de la verdadera meta, que es Dios. Ahora sólo falta compartir esto con todos aquellos que no le conocen, con todos aquellos que juegan sin saber a dónde van, que van dando tumbos en la oscuridad, porque yo no me merezco que me haya pasado esto, y la única manera de pagarle a Dios al menos una parte de todo lo que ha hecho por mí es llevándome al Cielo a cuantas personas ponga Él en mi camino, porque, como dice el Evangelio, “no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”.
Por último, me gustaría dar las gracias a todas las personas que me han acompañado en este viaje, porque la mayoría de las veces que sentía a Dios era a través de ellos. Me ha ayudado muchísimo saber que hay jóvenes que no se avergüenzan de Dios; es más, que están orgullosos de tenerlo en sus vidas. Son esas personas las que hacen que la vida merezca la pena, las que siempre van a estar allí, las que te levantan cuando tú ya has perdido todo agarre. Yo necesitaba que me recordasen que existen jóvenes así, no sólo para seguir adelante, sino también para luchar por ser uno de ellos.
Rocío Lacasa Chamizo



Qué testimoniazo!! Muchas gracias por compartirlo!! Y felicidades!! Dios quería encontrarse contigo y le abriste la puerta! Enhorabuena!!
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